St. Clair McKelway, el olvidado del New Yorker

peli St. Clair McKelway

A finales del verano de 1938, un anciano viudo llamado Edward Mueller necesitaba dinero para comer, pagar el alquiler y dar de comer a su perro. Tanto él como el perro, un terrier mestizo, vivían con poco, pero ni siquiera le alcanzaba para eso. Mueller había trabajado en el mantenimiento de edificios y siempre vivía junto con su mujer y sus hijos en los sótanos de los inmuebles. Cuando falleció su esposa, alquiló un pequeño apartamento en Nueva York donde fue a vivir con su perro. Sus hijos se habían independizado y no necesitaba mucho espacio. Había cumplido sesenta y tres años. Como no podía seguir trabajando en el mantenimiento de edificios, compró una carretilla de segunda mano y comenzó a recorrer las calles intentando ganarse la vida como ropavejero. Aunque parecía feliz, los ingresos no le daban para vivir y pagar el alquiler. En noviembre de 1938, tomó una decisión: falsificaría billetes de un dólar.

Gracias a que Mueller no era codicioso, durante diez años empleó entre cuarenta y cincuenta billetes de un dólar  falsos al mes en tiendas de su zona y de otros barrios. Las falsificaciones eran de poca cuantía y estaban realizadas de forma chapucera: en los billetes, impresos en papel corriente, había hasta erratas como “Wahsington”. El Servicio Secreto de Estados Unidos abrió el expediente 880 y, al no poder detener al autor tras investigar tantos años, invirtieron medios y recursos impropios para dar caza a un falsificador de tan poca monta que nunca fabricó más dólares de los que necesitaba para mantener a su perro y a  él mismo.

Conocemos la historia de Mueller gracias a St. Clair McKelway, un periodista nacido en Charlotte, North Carolina, en 1905, quien la contó en dos entregas (27 de agosto y 3 de septiembre de 1949) en The New Yorker, la revista donde trabajó más de treinta años. En 1950, Burt Lancaster protagonizó la película Mister 880 basada en los artículos del periodista.

McKelway es el olvidado de la edad de oro del periodismo neoyorquino. Aunque fue tan conocido como cualquiera de los escritores del New Yorker, se recuerda más a A.J. Liebling y a Joseph Mitchell, de quienes se reeditan sus libros mientras que los del periodista de nombre patricio y antepasados escoceses no se consiguen con facilidad.

coverEn el New Yorker escribió de todo. Su especialidad era encontrar datos extraños y hechos divertidos. Luego, redactaba los artículos incluyendo cientos de datos aparentemente insignificantes sin que su voz se perdiera entre los valiosos detalles.

Reunía, al menos, dos de las características de “la triple D” que Manu Leguineche atribuía a los reporteros de raza: Divorciados, Dipsómanos y Deprimidos.  Estuvo casado cinco veces —Maeve Brenan fue una de sus esposas— y, para resumirlo en palabras de Adam Gopnik, “su trabajo flotaba en un mar de licor”. Había crecido en Washington DC y dejó los estudios en secundaria para pasar a trabajar como chico de los recados en el Washington Times-Herald. Después escribió y editó textos en los periódicos New York World, New York Herald Tribune, Chicago Tribune y Bangkok Daily Mail, antes de trabajar en el New Yorker, donde llegó a ser editor jefe de no ficción de 1936 a 1939.  Murió en 1980 a la edad de setenta y cuatro años.

Para los pocos que conocen su trabajo, McKelway fue posiblemente el mejor escritor del New Yorker. A pesar del tiempo transcurrido, la lectura de sus artículos sigue siendo un excelente material para aprender a escribir. Nunca quiso seguir las modas. Fue un periodista de la vieja escuela a quien le gustaba ahondar en la médula de la clase más baja sin que le preocuparan las tendencias. Eran otros tiempos, sí. Pero cuánto se echa de menos a esos viejos periodistas.

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