Monsieur Mayle todavía no ha venido hoy (1)

Lourmarin

En la terraza de un café de Lourmarin, una veintena de clientes comen bocadillos, ensaladas y algún filete mientras contemplan, entretenidos, como un equipo de fotografía capta imágenes de una modelo. Además del fotógrafo y su ayudante, un estilista, una maquilladora y otra persona, que se ocupa de mover los reflectores que envían la luz solar en la modelo, forman parte de una pequeña troupe que ha tomado la calle principal de uno de los pueblos más bellos de Provenza.

Mientras la modelo simula que anda, el fotógrafo, vestido con una sahariana, pantalones pirata de camuflaje y calzado con chanclas, dispara con la cámara apoyada en un trípode mientras mira el resultado en una pantalla de ordenador que transporta su ayudante en un maletín que se transforma en una caja oscura, que recuerda a las cámaras que empleaban los antiguos fotógrafos “minuteros”.

Un equipo de televisión, que ha grabado una breve entrevista unos minutos antes, se sienta a tomar un refrigerio y observa, como el resto de los clientes, las evoluciones de la modelo que camina sin moverse del sitio. El cámara, que ha tomado imágenes de recurso mientras estaba sentado, se acerca al fotógrafo para grabar cómo dispara su cámara una y otra vez. Unos minutos después, las enormes pantallas reflectoras han desaparecido y con ellas el equipo del fotógrafo. La calle vuelve a estar tomada por turistas que la recorren sin prisa. Los clientes del café comienzan a pedir la cuenta después de terminar sus tentempiés.

—Je suis désolé, Monsieur —repite una y otra vez la camarera a los clientes que demandan “l’addition”. El pueblo se ha quedado sin luz y no funciona la caja registradora. Pasadas las tres de la tarde y con el estómago lleno, los clientes no tienen prisa en levantarse. Pero media hora más tarde, la mayoría de los clientes insiste en pagar. A la camarera no le queda más remedio que hacer las cuentas a mano. Una familia portuguesa no entiende las anotaciones y pide explicaciones. En Lourmarin no es barato comer un bocadillo y una ensalada compartida.

A tres kilómetros del centro de Lourmarin, la recepcionista del hotel Le Mas de Guilles mantiene una conversación con unos clientes.

lavanda—Je suis désolé, Monsieur —acierta a decir la empleada como disculpa porque la wifi del hotel no funciona. Unos minutos más tarde, volverá a repetir la frase cuando los clientes comprueben que no sale agua caliente en el baño de la habitación. Los clientes no pueden tomar una ducha antes de la cena. En el restaurante se encontrarán con un grupo de alemanes engalanados con trajes de noche las señoras y pajarita los caballeros. En el parking del hotel descansan varios Porches y otros automóviles de lujo. Pero en la habitación del segundo piso no funciona el agua caliente aunque un hombre vestido de cocinero, que probablemente sea el propietario, se esfuerce haciendo girar unas llaves del agua en la escalera mientras los clientes suben a descansar y aplazan la ducha para cuando corra el agua caliente por las cañerías. Antes de apagar la luz, los clientes comentan que el grupo de alemanes que cenaron en la mesa de al lado hablaban de Peter Mayle. Recordando las aventuras que contaba el escritor inglés en Un año en Provenza mientras restauraba su casa, no les resulta extraño que los lugareños empleen ‘désolé’ casi como una muletilla.

Después de un bucólico desayuno en el jardín del hotel, la wifi y el agua caliente  de la habitación siguen sin funcionar.

—Je suis désolé —asegura la recepcionista del turno de la mañana.

 ***

Peter Mayle nació en Brighton, Inglaterra, en 1939, después de trabajar en agencias de publicidad, decidió instalarse en Provenza junto con su esposa. Había escrito un libro breve sobre el funcionamiento de una agencia publicitaria y un par de guías ilustradas para padres, pero su pretensión era escribir una novela. Muchos escritores, para evitar distracciones, optan por aislarse en una pequeña cabaña de pescador y no salen de allí hasta que no tienen un manuscrito para entregar a su agente. Pero la casa que compró el matrimonio Mayle en el Luberon no era el lugar indicado para el aislamiento que precisaba el escritor. No podía escribir una novela porque su fascinación por la gente de Provenza no le dejaba tiempo libre.

panadero-mercadoEntre conocer a vecinos como Massot,  que presumía de comer las zorras que cazaba, reconstruir la casa, arreglar tuberías con la ayuda de un fontanero que tocaba el clarinete en sus horas libres, ir a comprar el pan a una panadería donde es difícil elegir uno entre tantas clases de panes, probar los vinos locales, y los patés, y las aceitunas, y pasar las horas en los mercados locales, y tomar café… En fin, que cualquier pequeño detalle distraía al autor de su novela.

Al demorarse más de lo debido, Mayle escribió una carta a su agente explicándole los motivos de su retraso. El agente le respondió que si escribía doscientas cincuenta páginas como lo que le había contado en la carta, él le conseguiría un editor. Y así fue. Hamis Hamilton le ofreció un adelanto de 5.000 libras y se comprometió a realizar una tirada inicial de 3.000 ejemplares. Alguien le explicó a Mayle que si el libro no funcionaba, el autor podía comprar ejemplares a bajo precio para regalarlos a los amigos en Navidad. Cuando salió el libro a la venta, tenía toda la pinta de que eso sería lo que sucedería hasta que apareció una reseña en el Sunday Times y comenzó a venderse muy bien. Un año en Provenza se convirtió en uno de los libros de viajes más exitosos. Llegó a vender un millón de copias en Reino Unido y seis millones en todo el mundo.

Sin pretenderlo, por puro azar, Mayle había creado un nuevo estilo de libros de viajes que luego sería imitado. Chris Stewart, el primer batería de Génesis, escribió Entre limones, contando su experiencia al instalarse en una finca en La Alpujarra de Granada. Al igual que Mayle, Stewart ha publicado varias secuelas que tienen como escenario su vida en Andalucía. Frances Mayes eligió la Toscana para vivir y para contar cómo vivía. Su primer libro, Bajo el sol de la Toscana, se convirtió rápidamente en un bestseller que también se llevó al cine.

Peter Mayle publicó Un año en Provenza en 1989. Su éxito fue tal que se vio obligado a exiliarse de Provenza durante un tiempo ante el acoso que sufría por parte de admiradores de todo el mundo que habían leído su libro. Los admiradores paseaban por dentro de su casa sin ser invitados y había tours de japoneses que incluían una visita al domicilio de los Mayle. Todavía hoy, después de veinticinco años, sus libros se pueden comprar en edición de bolsillo en muchas librerías de Provenza. Aunque ahora ya no escribe de la vida cotidiana de la Provenza. Mayle, como anunciaba el New York Times hace poco, ahora se dedica a escribir sobre Marsella.

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Un año en Provenza se publicó por primera vez en abril de 1989. Poco después, Mayle leyó la primera carta de un admirador que venía de Luxemburgo. Se sintió halagado. A la semana siguiente, recibió otra de Nueva Zelanda donde un hombre le preguntaba cómo cultivar trufas. Las cartas fueron en aumento y el escritor las contestaba. Lo que al principio fue un goteo epistolar se convirtió en una nueva tarea para el escritor. La eficiencia de la oficina de correos facilitaba que llegaran cartas con direcciones tan imprecisas como “Les anglais de Bonnieux”, aunque no vivían en Bonnieux. Pero la preferida de Mayle fue “L’Écrevisse Anglais, Ménerbes, Provence”.

gatoA comienzos del verano empezaron a llegar a casa de Mayle visitantes inesperados. El primer admirador les resulto curioso. La segunda, una atractiva rubia a quien encontraron detrás de un ciprés, despertó un cierto recelo en la esposa de Mayle. Las al principio agradables visitas de desconocidos pasaron a ser una invasión. Una calurosa tarde, Mayle fue a buscar una cerveza y se encontró a un hombre y dos mujeres en el comedor de su casa. Estaban examinando los libros y los  muebles. Habían leído una reseña en el Sunday Times y decidieron ir a echar un vistazo. Mayle les dijo que se marcharan. A partir de ese momento cualquier coche que se detuviera cerca de la casa se convertía en una señal de alerta roja.

La vida en la casa comenzó a hacerse tan insoportable que el matrimonio Mayle se vio obligado a poner un océano por medio y dejaron la vivienda de Ménerbes que habían comprado en 1986 para mudarse a Long Island, en el estado de Nueva York, donde vivieron durante cuatro años.

A su regreso a Provenza se instalaron en Lourmarín en una casa del siglo XVIII que vendieron en 2011. A pesar de la crisis, en los cafés del pueblo se comentaba que la venta había sido como en los viejos tiempos y los Mayle se habían embolsado nada menos que seis millones de euros por una finca vallada de alrededor de 5 hectáreas con un campo de olivos, piscina, estanques y jardines.

 ***

Panaderia_CavaillonMayle le debe mucho a Provenza, pero posiblemente Provenza le deba más a Mayle. La ‘Dolce Vita’ del escritor —conviene no olvidar que su bestseller comienza con una comida— ha llevado a millones de personas a recorrer Provenza. Todavía hoy,  veinticinco años después, los turistas recorren la panadería o el restaurante de Cavaillon, entre otros lugares citados en Un año en Provenza, como si se tratase de santuarios cuya visita resulta imprescindible. Los camareros y las dependientas de la panadería están acostumbrados a que clientes no habituales les pregunten si han visto a Monsieur Mayle. Desde hace muchos años la respuesta siempre suele ser la misma:

–Monsieur Mayle todavía no ha venido hoy.

Continuará…

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